Si hay un cuento que consiguió encender una mecha en mi infancia, ese fue El príncipe feliz de Oscar Wilde. Magistral relato del escritor de origen irlandés, que supo retratar como pocos el alma humana. No me canso de leer y releer esta estremecedora historia. Nunca consigo no emocionarme. Sin duda, estas palabras deben tener algo mágico.
Cualquier momento es bueno, pero qué mejor que estas fechas para volver a recordarlo. Para mí este es el verdadero sentido de la Navidad, lo demás sobra. La superficialidad corroe. El consumismo contagia. La hipocresía enferma. Las luces de los escaparates ciegan. La gula adormece. Esta narración puede ser un bálsamo para aquellos cuerpos anhelantes de auténticos sentimientos, amor en mayúsculas, amistad incondicional, compasión, sacrificio, empatía, compromiso, voluntad...
El príncipe dió tanto que se dió a sí mismo. Junto a su pequeña golondrina, lucharon cual héroes contra el frío, el hambre y la miseria. Mientras, los insensibles se paseaban alrededor inmunes al dolor ajeno, incapaces de ver más lejos de su bolsillo.
Si el príncipe pudiese observarnos, allá en su merecido paraíso, seguiría derramando lágrimas. Pensemos en ello cuando llueva.
¿Cuántas golondrinas y corazones de plomo serían necesarios para mejorar el mundo? Basta con aportar el nuestro y alguna nueva sonrisa iluminará el nuevo amanecer.




